La esfera psicosocial en el dolor crónico (1 parte)
Las estadísticas hablan por sí mismas, el sesenta por ciento de las mujeres son abandonadas por sus parejas cuando contraen una enfermedad crónica, a los hombres también les sucede, pero en menor medida, la mujer está educada para cuidar y aunque esta experiencia le cambia la vida a todo al que rodee al enfermo y no suele ser para bien, las personas que un día estuvieron ahí y por las que pensabas que darías tu vida cuando estabas sana, empiezan a flaquear. Algunas se quedan pero su compañía deja mucho que desear y desde luego no cuidan, se quedan pero viven enfadados, te culpan de no poder hacer una vida "normal", se quedan solo por cuestiones económicas, aparentar formas u otro tipo de dependencias. Casi es mejor que te abandonen sinceramente, tener a alguien insatisfecho al lado cuando estás enfermo aumenta mucho el sufrimiento que ya llevas encima, crea una dicotomía...sola no puedo pero..esta compañía me hace daño...así que os quedáis en un bucle de infelicidad que parece no tener salida aunque la tenga en la mayoría de las ocasiones. Yo soy testimonio de una enferma que fue perdiendo uno a una a todas las personas que creía que la querían y a las cuales correspondía: desde las más cambiantes, los amigas/os, a la pareja a las que creía más firmes: hermanos, padres...e hijos.
Mi familia nuclear está ahí pero sin estar, ellos tienen su propia manera de cuidar y desdescuidar. Pero la historia de mi familia aquí no pinta nada. Las hay mejor avenidas, he visto parejas preciosas que se crecen en la adversidad, familias en las que la persona con dolor puede contar siempre con alguien sin dudarlo…pero tengo que decir con pena, que son las menos.
Cuando perdí mi identidad de persona sana y con ella a todos mis amigos, sentí un vacío existencial muy profundo, como si no existiera, había desaparecido para el mundo, entonces me aferré a la fantasía de la familia, he de decir que nunca creí mucho en esta institución, pero en ese momento lo era todo para mí, durante unos años esa fantasía se sostuvo pero poco a poco la cronicidad fue desgarrando nuestras vidas: se fueron sucediendo más pérdidas funcionales, de autonomía, tenía más necesidad de ayuda y compañía, había muchas cosas que ya no podía hacer, la fatiga llegaba antes, mi mundo se reducía a mis cuatro paredes y yo me aferraba con más fuerza a su amor porque sin él no me quedaba nada. Creo que todos sintieron el peso de mi necesidad como una carga que no les correspondía.Cuando tuve que admitirme que mi fantasía era solo eso, que la estaba sostenido yo sola porque admitir que estaba totalmente sola era demasiado duro…esa sensación ya no fue un vacío existencial, fue el fin, fue miedo, un miedo que jamás había sentido a estar desvalida completamente, a no tener a quien llamar o recurrir más que al 112 y si, planee dejar esta vida, porque ¿para que? Y ¿por quien? Incluso se lo comuniqué a quien quiso escuchar pese a sus reproches.
Resultó que había un para quién, mis dos perros, mi única familia, dos seres inocentes con los que me había comprometido hasta el final de sus días. Nadie cercano los cuidaría si yo faltaba, lo sabía, los darían a cualquiera, y eso fue lo que me hizo quedarme, al menos hasta que estuvieran ellos tenía la obligación de cuidarlos y amarlos, confiaba en que entre tanto algo cambiaría y me devolviera el sentido, si no pasaba, ya tenía mi plan. Y cada vez que desfallezco por la desesperación y quiero dejar de sufrir, los miro y me digo, hasta que ellos se vayan, no. Y aquí estoy.
El aislamiento y la soledad que ha dejado el dolor crónico ha traído otro dolor que no es tan intenso pero que te agujerea el alma de forma lenta y retorcida; reconozco que soy peor persona desde que he ido perdiendo todo lo que me importaba, ya no sé perdonar entre otras cosas, pero también soy más auténtica que nunca y ese miedo tan profundo de estar sola me hace no tener ya nada que perder así que soy valiente como nunca. La dialéctica de contrarios sigue moviendo el mundo.
Unos perritos le dieron valor a mi vida y el tiempo de sus vidas trajo una pequeña esperanza para el cambio a una persona a que ya se identifica como discapacitada. La vida ya me ha preparado para el final y tampoco le temo a eso, y esto también es un gran poder.
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